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EL VALOR DEL CRUCIFIJO

En el mes dedicado a la cruz, reflexionemos sobre el valor del crucifijo.

Comencemos por definir qué entendemos por crucifijo: se trata de una cruz que lleva sobre ella la figura de Cristo crucificado. Al considerar su uso, puede surgir una pregunta: ¿acaso el crucifijo, así como la costumbre de persignarse o santiguarse, no pertenece exclusivamente a la práctica católico-romana? La respuesta es no. La historia muestra que tanto el crucifijo como la señal de la cruz fueron prácticas habituales y normales dentro del culto y la devoción luterana durante la época de la Reforma, en los años de Martín Lutero y también durante el período de la ortodoxia luterana.

Para muchas otras religiones o sectas la cruz o crucifijo es señal de maldición y usan como base el texto de Gálatas 3:13 “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»)”.

Lo que la Iglesia Luterana rechazaba no era el crucifijo en sí, sino su uso idolátrico. No se aceptaba atribuirle poderes mágicos, como ocurría con ciertas prácticas de exorcismo, ni emplear la señal de la cruz de manera supersticiosa. Sin embargo, tampoco era correcto caer en el extremo contrario: el de los iconoclastas y fanáticos que pretendían eliminar de las iglesias toda figura o representación. La Iglesia Luterana siempre reconoció el crucifijo como un poderoso recordatorio del sacrificio redentor de Jesucristo en la cruz. Al contemplarlo, vienen inmediatamente a la memoria las palabras inspiradas del apóstol en 1 Corintios 1:23: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado”.

Al hablar del valor del crucifijo, también debemos señalar que no existe nada malo en una cruz vacía, es decir, sin la figura del cuerpo de Cristo. Sin embargo, la práctica de colocar una cruz vacía sobre el altar de una iglesia procede de fuentes que no pertenecen originalmente a la tradición luterana. Ya durante la época de la Reforma hubo una controversia entre los cristianos luteranos y los reformados, especialmente zwinglianos y calvinistas, acerca del uso apropiado de cuadros, figuras e imágenes dentro de la iglesia.

Mientras algunos pretendían eliminar radicalmente todas estas representaciones, los luteranos permanecieron en continuidad con el cristianismo histórico y entendieron que las obras de arte dentro de la iglesia no eran malas. Por el contrario, podían ser de gran utilidad, pues ayudaban a dirigir la devoción hacia las grandes verdades enseñadas en la Palabra de Dios. Entre esas verdades ocupa un lugar central la muerte de nuestro Señor Jesucristo para la salvación del mundo.

La llamada «cruz vacía» tampoco debe entenderse como un símbolo específico de la resurrección de Cristo. La razón es sencilla: la cruz habría quedado vacía independientemente de que Jesús hubiera resucitado o no. Nuestro Señor resucitó de la tumba, del sepulcro de José de Arimatea, y no de la cruz. Por ello, tanto el crucifijo como la cruz vacía deben dirigir nuestra atención a la verdad fundamental de que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, murió para nuestra salvación. La cruz vacía, por tanto, no debe presentarse simplemente como símbolo de la resurrección, sino también como una representación de la muerte de Cristo por crucifixión. La postura tradicional del luteranismo histórico consideró que el crucifijo proclama esta verdad de una manera especialmente clara.

Hace algo más de medio siglo, algunos luteranos en América comenzaron a adoptar influencias del movimiento pietista. Este movimiento rechazaba las doctrinas bíblicas de la sola gracia y de la gracia universal y, como consecuencia, también cuestionaba diversas prácticas propias del culto luterano. En ese contexto, los pietistas sostenían, en oposición a la posición de Lutero y de los primeros luteranos, que símbolos como el crucifijo eran incorrectos y no correspondían al culto cristiano. Sin embargo, como ya hemos señalado, esa nunca fue la interpretación característica del luteranismo histórico.

Con el tiempo, la influencia y presión de las iglesias reformadas, entre ellas bautistas, presbiterianas, adventistas y pentecostales, que tienen una presencia predominante en buena parte del protestantismo estadounidense, llevó también a algunos luteranos a abandonar elementos tradicionales como los crucifijos, otros símbolos y el calendario litúrgico. De esta manera, algunos llegaron a adaptar el culto y la piedad luterana al ambiente religioso que los rodeaba.

Es lamentable dejar de lado el valor del crucifijo. Pero aún más lamentable es que los luteranos lleguen a avergonzarse de su propia fe cristiana o se sientan confundidos frente a miembros de otras denominaciones que no comparten plenamente la confesión de toda la verdad bíblica ni las prácticas eclesiásticas que corresponden a esa confesión.

El luteranismo siempre ha reconocido que cualquier cuadro, imagen o símbolo, incluida la propia cruz vacía, puede convertirse en un objeto de idolatría cuando se le atribuye el poder de transmitir, por medio de su contacto, una bendición de Cristo, la ayuda de un santo, el favor de Dios, la curación de una enfermedad o algún otro beneficio espiritual. Cuando esto sucede, el objeto deja de ser un simple recordatorio y pasa a convertirse en un fin en sí mismo, es decir, en un objeto idolatrado.

Los luteranos nunca hemos considerado que eliminar las obras de arte, las pinturas o las esculturas de la iglesia sea la manera correcta de evitar estos abusos. La mejor manera de prevenirlos es mediante una adecuada instrucción y un uso correcto de estos elementos. Esto también está de acuerdo con la libertad cristiana que poseemos para emplear los dones que Dios nos concede para su gloria y para el bien del prójimo.

En conclusión, no hay nada malo, contrario a la Palabra de Dios ni contrario a nuestras confesiones, en utilizar correctamente un crucifijo o una cruz vacía. Lo mismo puede decirse de cualquier otro símbolo que nos ayude a recordar las grandes obras que Dios ha realizado en nuestro favor. Lo que sí está mal es juzgar o condenar a otros por utilizar estos símbolos o por no utilizarlos.

Por esta razón, muchos luteranos continúan haciendo la señal de la cruz al orar por la noche, colocando un crucifijo en la pared de su dormitorio o exponiéndolo en el altar de su capilla como un recuerdo sagrado de la pasión y muerte de nuestro bendito Redentor.

Por eso en este mes de la cruz es de mucho animo saber que aquel que se hizo maldición por nosotros lo hizo por amor a nosotros, fue como cordero al matadero a la cruz y allí dijo las palabras que cambiarían nuestras vidas “Consumado es”. Allí en esa cruz que para muchos es idolatría, maldición o motivo de confusión, allí fue donde Cristo logro por nosotros la Salvación Eterna, donde ahora tenemos acceso al Padre Celestial pero mas aun donde ahora tenemos en Cristo el perdón, la vida y la salvación. Ahora podemos ver el verdadero valor de la cruz.

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