La Ascensión de Jesucristo: el Señor exaltado que permanece con su Iglesia

La Ascensión de nuestro Señor Jesucristo no es un detalle secundario del año eclesiástico ni simplemente el recuerdo de un acontecimiento pasado. Es un artículo de fe que la Iglesia confiesa con gozo: Cristo “subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso”. Pero esta confesión no nos ha sido dada para repetirla como una fórmula vacía, sino para creerla de tal manera que se convierta en verdadero consuelo y vida.
Porque la Ascensión no significa que Cristo se haya ido. Significa que ha sido exaltado para reinar.
Los discípulos fueron testigos de este momento cuando el Señor fue alzado delante de sus ojos, y una nube lo ocultó de su vista (Hch 1:9). Esta nube no es un detalle menor: es el signo de la presencia divina. Cristo entra en la gloria del Padre como el Mediador que ha cumplido su obra. El mismo que fue crucificado y resucitado ahora se sienta a la diestra de Dios (Mc 16:19), es decir, ejerce el poder y la autoridad sobre todas las cosas.
Sin embargo, este artículo de la fe confronta directamente nuestra naturaleza. El corazón humano no quiere un Cristo exaltado que gobierne en gloria, sino uno visible, manejable, conforme a nuestras expectativas. Así lo expresan los discípulos: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hch 1:6). Buscan un reino inmediato, visible, comprensible.
Ese mismo pecado vive en nosotros. Dudamos del reinado de Cristo cuando el mundo parece desordenado. Nos cansamos de su Palabra. Buscamos otras seguridades. Queremos una fe que se apoye en lo que vemos, no en lo que oímos. En el fondo, resistimos creer que Cristo realmente reina.
Y aún más: la fe misma nos resulta difícil. Lutero lo señala con fuerza al comentar que incluso los apóstoles fueron reprendidos por su incredulidad y dureza de corazón (Mc 16:14). Esto no está escrito para condenarnos sin remedio, sino para consolarnos. Creer no es una obra fácil ni natural; es obra del Espíritu Santo. El creyente lucha, vacila, se reconoce débil. Pero precisamente allí actúa Cristo con paciencia y misericordia.
Porque lo sorprendente es lo que Cristo hace a continuación: a esos mismos discípulos débiles e incrédulos, les confía su misión. No espera que se perfeccionen, no exige méritos previos. Les da su encargo.
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16:15).
Aquí la Ascensión se une inseparablemente con la predicación. Cristo asciende, pero no abandona su obra: la continúa por medio de su Iglesia. Como explica Lutero, este mandato no debe entenderse como si cada apóstol tuviera que recorrer físicamente todo el mundo, sino como el inicio de una proclamación que está destinada a extenderse hasta los confines de la tierra. El Evangelio es un mensajero que corre por el mundo entero, que resuena en todas partes y que seguirá avanzando hasta el fin.
Y entonces surge la pregunta decisiva: ¿qué es ese Evangelio que debe ser predicado?
La respuesta de Cristo es clara y suficiente: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mc 16:16).
Aquí no hay ambigüedad. El Evangelio no es una nueva ley, ni un conjunto de obras, ni un camino de perfeccionamiento moral. Es una predicación que abroga todas las obras como fundamento de salvación y coloca todo el peso en la fe.
Esto confronta profundamente al ser humano. Queremos aportar algo, asegurar algo, completar algo. Pero Cristo no deja espacio para eso. No dice: “el que creyere y hiciere obras”, sino simplemente: “el que creyere”.
Lutero lo expresa con claridad incisiva: agregar obras como condición de salvación es torcer la Palabra de Dios. Las obras tienen su lugar, pero no como causa de la salvación. Son fruto, señal, consecuencia de la fe. La salvación pertenece únicamente a Cristo y se recibe únicamente por la fe.
Y aquí la Ley vuelve a hablar con toda su fuerza: “el que no creyere, será condenado”. No hay obra que pueda revertir esto. No hay vida moral, disciplina religiosa ni esfuerzo humano que pueda sustituir la fe. Incluso creer “que Cristo existe” o que “resucitó” no es suficiente en sí mismo, porque eso mismo lo sabe también el diablo. La fe verdadera es creer que todo esto es para mí: que Cristo ascendió por mí, reina por mí, intercede por mí.
Y esta fe no nace de nosotros. Es don de Dios.
Aquí, finalmente, resplandece el Evangelio en toda su pureza. El Cristo que asciende es el mismo que viene a nosotros. No queda encerrado en el cielo, sino que llena todas las cosas (Ef 4:10). Está presente donde ha prometido estar: en su Palabra, en el Bautismo y en la Santa Cena.
El Bautismo, como señala Lutero, no es una obra humana, sino el signo visible por el cual Dios nos marca como suyos. La fe puede salvar sin el Bautismo en caso de necesidad, pero quien desprecia el Bautismo desprecia la voluntad de Dios. En él, Dios mismo actúa, otorgando lo que promete: salvación.
Así también, en la predicación del Evangelio, Cristo mismo habla. Y en la Santa Cena, el Señor exaltado da su verdadero cuerpo y sangre. La Ascensión no lo aleja: lo hace accesible de la manera en que Él ha querido darse al creyente.
Por eso, el reino de Cristo es un reino espiritual. No se impone por la fuerza ni se organiza como los reinos de este mundo. Reina en los corazones por la fe. Y donde hay fe, necesariamente brota el amor a Dios y al prójimo, consuelo al afligido, ayuda al necesitado. Pero estas obras no fundan el reino; son su fruto dado desde lo alto.
La Ascensión, entonces, no es una pérdida, sino una ganancia. Cristo asciende bendiciendo (Lc 24:50). Su obra no termina: continúa. Intercede por los suyos. Gobierna todas las cosas para el bien de su Iglesia.
Y aún más: Cristo ha ascendido como hombre. Nuestra humanidad está en la gloria. Donde Él está, está nuestra vida. Por eso, la Iglesia vive entre la Ascensión y su retorno no en incertidumbre, sino en esperanza. “Este mismo Jesús… vendrá” (Hch 1:11).
Hasta ese día, la Iglesia vive de lo que recibe: del Evangelio predicado, del Bautismo, de la presencia real de Cristo en la Santa Cena. Allí está Cristo. Allí reina. Allí salva.
No vivimos en ausencia, sino en comunión.

Cristo ha ascendido.
Cristo reina.
Cristo viene a nosotros.
Cristo volverá. Solo a Él sea toda la honra y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
HL 521 ¡Oh, Verbo Santo! Estrofas 7, 8, 9 y 10:
7 Del Padre vienes, mas al Padre volverás, Cual hombre santo te irás,
En carne y huesos a su diestra reinarás, Pues eres Dios inmortal.
Te debes ir al santo hogar ¡A prepararnos un lugar!
Y ante Dios Padre sirves como intercesor De tu rebaño, Señor.
8 Mas no nos dejas, con nosotros estarás, En cuerpo y sangre te das;
Aunque con ángeles y santos hoy estás, Desde el altar te nos das.
“Tomad, comed, Tomad, bebed”, ¡De Dios y Hombre, el Emanuel!
“Donde yo estoy también ustedes estarán conmigo allí vivirán”.
9 En tu banquete un adelanto se nos da De la gran boda final,
¡Oh, Pan de vida nos sostienes por tu amor!, Comida que da perdón;
Das comunión, Aquí y allá, ¡Uniéndonos a eternidad!
Angustiadores deben vernos celebrar tu gran banquete triunfal.
10 Desde los cielos reinas, Cristo, con poder, Dios que nació de mujer,
Mas con tu iglesia vives y la sostendrás, Por tu Palabra veraz;
Infierno no la vencerá ¡Por siempre permanecerá!
Tu Santo Espíritu nos guíe siempre aquí, Hasta reinar junto a Ti.
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Referencias
Sagrada Escritura (RVR1960, Lutheran Heritage Foundation):
Hechos 1:1–11; Marcos 16:14–20; Lucas 24:50–53; Efesios 4:10; Romanos 8:34; Mateo 28:18–20; 1 Corintios 11:23–25; Colosenses 1:6, 23; Romanos 10:18.
Libro de Concordia (ed. Meléndez, Concordia Publishing House, 2ª ed., 2000):
Confesión de Augsburgo, Art. III; Catecismo Menor, Catecismo Mayor; Fórmula de Concordia, Declaración Sólida VIII y VII.
Lutero, Martín
Sermón: La Ascensión de nuestro Señor (25 de mayo de 1525), Marcos 16:14–20.
Edersheim, Alfred
Comentario Bíblico Histórico Ilustrado, CLIE, 2009, Tomo 4, cap. 17.
Askins, Roy S.
“Our Ascended Christ”, Good News Magazine, 1 de mayo de 2022.
Himnario Luterano.
Propiedad literaria Iglesia Luterana Confesional de Chile, copyright © 2021 www.soyluterano.cl
Por Rev. Marcelo Rivas Flies (Graduado del Seminario Concordia El Reformador R. Dominicana 2023, Pastor de la Iglesia Luterana Confesional de Chile en la Congregación Cristo Redentor y Pastor Capellán en el Colegio Luterano Concordia de Viña del Mar)
