Una confesión para tu corazón y tu boca
Cuando enseñamos acerca de la historia, el contenido y el significado de las Confesiones Luteranas, particularmente de la Confesión de Augsburgo, presentada y leída ante el emperador Carlos V el 25 de junio de 1530 durante la Dieta de Augsburgo, es notable observar cómo para algunos miembros de la Iglesia este acontecimiento parece ser solo un evento histórico aislado de nuestra vida que aconteció hace mucho tiempo. Además, su enseñanza suele asociarse con aquel libro grueso que el pastor conserva en su biblioteca, casi como si se tratara de una reliquia del pasado.
Sin embargo, la realidad es muy distinta. Esta enseñanza es viva, poderosa y salvadora. Por ello, debe permanecer constantemente en los oídos de la Iglesia para ser creída con firmeza, preservada del error y confesada con un corazón intrépido y una boca valiente. Se trata de la confesión de la verdad del Evangelio de Cristo, la cual permanece para siempre, aunque pasen el cielo y la tierra. Ella proclama lo que Dios ha dado desde el principio para ser confesado: su santa Palabra, la única fuente segura y confiable. Como está escrito: “La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón. Ésta es la palabra de fe que predicamos: Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.”[1]
De esta manera afirmamos que nuestra confesión no es producto del intelecto humano. No es una idea, una opinión, una teoría ni una verdad entre muchas otras, como propone el relativismo posmoderno. Tampoco es simplemente el acuerdo de un grupo de personas. Por el contrario, es la verdad revelada por Dios en Jesucristo y en su obra salvadora, dada a conocer a su Iglesia por medio de su Palabra poderosa y eterna a través del Espíritu Santo. Ella es la fuente de la cual brotan y sobre la cual se sostienen la confesión y enseñanza más profundas, sinceras e inamovibles de toda la cristiandad, como es el caso de la Confesión de Augsburgo.
Y este es el testimonio que recibimos de los confesantes de Augsburgo. Con la certeza que proviene del Espíritu Santo y con el valor de los apóstoles y mártires, confesaron la fe con valentía delante del emperador Carlos V. Así lo expresan las palabras del Salmo 119, inscritas en la página de título de la Confesión de Augsburgo: “También hablaré de tus decretos delante de los reyes, y no me avergonzaré.” Estaban decididos a obedecer a Dios antes que a los hombres y a confesar su nombre bajo cualquier circunstancia. Fue lo que mostraron desde el principio, cuando el emperador Carlos V exigió dos cosas: primero, que no hubiera predicación luterana en las iglesias de Augsburgo durante la Dieta; y segundo, que los príncipes evangélicos participaran en la procesión de Corpus Christi. Ante estas exigencias, Jorge, margrave de Brandeburgo,
[1] Romanos 10:8-9, RVC.
respondió: “Antes de dejar que alguien me quite la Palabra de Dios y me pida que niegue a mi Dios, me arrodillaré y dejaré que me corten la cabeza.”[1]
Sin embargo, su mayor confesión de fe se mostró claramente en la elaboración y adhesión a la confesión de fe presentada ante el emperador. Inicialmente, los trabajos se concentraban en corregir diversos abusos presentes en la Iglesia. Los artículos redactados para ese propósito fueron conocidos como los Artículos de Torgau, llamados así porque fueron preparados en el castillo de Torgau. Entre ellos se abordaban cuestiones como el celibato sacerdotal, la comunión bajo una sola especie, la misa y la confesión, prácticas que habían sido introducidas por autoridad humana y que contradecían la Palabra de Dios. Estos corresponden a los artículos 22 al 28 de la Confesión.[2]
No obstante, cuando los reformadores llegaron a Augsburgo el 2 de mayo de 1530, encontraron un escrito del Teólogo romano, Dr. Juan Eck titulado Las 404 tesis, en el que se presentaba a Lutero y a sus colaboradores como fanáticos radicales. Como respuesta, se incorporaron nuevos artículos destinados a defender la ortodoxia de la fe luterana. De esta manera surgió la mayor parte de la Confesión de Augsburgo, especialmente los artículos 1 al 21. Estos se basaron en otros dos documentos fundamentales, de los cuales Martín Lutero había sido el principal autor: los Artículos de Schwabach y los Artículos de Marburgo.
La Confesión de Augsburgo fue presentada tanto en latín como en alemán. Uno de sus lectores fue Christian Beyer, canciller de Juan el Firme. No solo leyó la Augustana, como llegó a conocerse esta confesión, ante el emperador y los asistentes a la Dieta, sino que también la confesó con una claridad y firmeza de voz que reflejaban la claridad y firmeza de la fe que expresaba.
Innegablemente Dios guio a estos hombres a confesar la verdad a cualquier precio, aun poniendo en riesgo sus cargos, sus bienes e incluso su propia vida. Entre los confesores se encontraban príncipes y doctores, así como el elector Juan. A quien Melanchthon le advirtió acerca de las posibles consecuencias de firmar la Confesión de Augsburgo, respondió que “haría lo correcto sin preocuparse por su dignidad electoral; confesaría a su Señor, cuya cruz valoraba más que todo el poder del mundo.” Lutero elogió al elector por estar dispuesto a afrontar incluso una muerte amarga en la Dieta de Augsburgo. Asimismo, fue el propio elector Juan quien, un día antes de la presentación de la Confesión, “se retiró en privado a su habitación, comparó nuevamente el texto con las Sagradas Escrituras y, al confirmarse en su convicción de que era fiel a la Palabra de Dios, oró larga y fervientemente por el éxito de la causa evangélica.”[3]
Por lo tanto, queda claro que este no es simplemente un acontecimiento aislado de la historia de la Iglesia en el pasado, sino que tiene que ver con la Iglesia de Cristo en todos los tiempos. Tampoco se trata solo de palabras escritas en un documento antiguo. Es el testimonio fiel de la obra de Dios guiando a su Iglesia para confesar fielmente la verdadera enseñanza que Jesucristo nos ha revelado en su Palabra, la cual es viva y poderosa.
En este 496.º aniversario de la Confesión de Augsburgo, celebramos y damos gracias a Dios por habernos preservado en esta verdadera confesión del Evangelio del perdón de los pecados y la vida eterna que nuestro Salvador, Jesús, nos concede gratuitamente a nosotros, pobres y miserables pecadores a través de la cruz y la tumba vacía. La Confesión de Augsburgo sitúa a Cristo, como nuestra única justificación ante Dios, en el centro de la enseñanza cristiana.
Asimismo, rogamos que, por medio de su Espíritu Santo, nos dirija con diligencia y gozo a permanecer en ella, y que nos dé un corazón valiente y una boca que se abran sin temor ante el mundo entero que aborrece al Señor y a los suyos, frente a los errores y falsas enseñanzas con las que Satanás y sus falsos maestros atacan la fe verdadera y la unidad de la Iglesia. Y que constantemente seamos fortalecidos y consolados en su llamado en medio de la persecución: “Así que, no los teman, porque no hay nada encubierto que no haya de ser manifestado, ni nada oculto que no haya de saberse. Lo que les digo en las tinieblas, díganlo en la luz; y lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas… A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.”[4]
496.º Aniversario de la Confesión de Augsburgo
Ptr. Obed Coronado

La Presentación de la Confesión de Augsburgo. Pintura en la iglesia de San Juan (Schweinfurt, Alemania), siglo XVI.
[1] Johann Michael Reu, La confesión de Augsburgo: una colección de fuentes con una introducción histórica (Saint Louis: Concordia Publishing House, 2005), 97-98.
[2] Introducción y Prefacio del Libro de Concordia (1989)
[3] Laetsch, Theo. (1930) “Predicación sobre la Confesión de Augsburgo”, Concordia Theological Monthly : Vol. 1, Artículo 36. P.283
[4] San Mateo 10:26,32
