A la Mitad del Camino: Gratitud y Formación en el Seminario Concordia “El Reformador”

Parece que fue ayer cuando escribí aquellas líneas relatando nuestro viaje desde Talca hasta la República Dominicana para iniciar nuestra formación en el Seminario Concordia El Reformador. Hoy, por la gracia de Dios, ya nos encontramos a la mitad del camino. Atrás quedaron dos años de inmenso aprendizaje; por delante nos quedan solo dos años más para culminar esta etapa. Al mirar hacia atrás, mi corazón solo puede rebosar de gratitud por un año que ha sido complejo, lleno de enormes desafíos físicos y mentales, pero sostenido en todo momento por la mano del Señor.

Este año, con gran alegría, vi a mi esposa Macarena iniciar sus propios estudios de diaconía, un paso hermoso en su vocación de servicio. Como familia, atravesamos por momentos de dificultad y algunas enfermedades físicas que nos pusieron a prueba, pero el Señor nunca nos dejó solos. La Iglesia Luterana Confesional de Chile nos brindó un apoyo invaluable desde la distancia, y aquí, el seminario nos sostuvo en cada momento difícil.

El compañerismo en el seminario ha sido un bálsamo. He podido trabajar y compartir con nuestro nuevo compañero de primer año, Nicolás, enviado por la iglesia de Bolivia. Además, el cariño de la comunidad se hizo palpable en detalles tan sencillos y hermosos como la celebración de mi cumpleaños, organizada con afecto por mis compañeros, los profesores, el director y la secretaria del seminario. Académicamente, este segundo año fue muy exigente. Materias como Dogmática me abrieron los ojos a una profundidad teológica enorme, mientras que el estudio de los idiomas originales fue un reto gigante. Comenzar Hebreo I y II desde cero fue complejo, pero logramos avanzar muchísimo durante el año.

Quizás uno de los mayores desafíos (y un poco de sufrimiento, debo confesarlo) fue ser el único alumno en la clase de Predicación I. Sin embargo, la increíble paciencia y dedicación de mi querido Profesor Sergio Fritzler hicieron que valiera la pena. Fue allí donde aprendí a “bajar” todo ese conocimiento teológico y sintetizarlo en sermones, comprendiendo en la práctica el corazón de nuestra predicación: la correcta distinción entre la Ley y el Evangelio, el estructurar un mensaje conforme a la Palabra de Dios y con fidelidad a nuestras confesiones luteranas. Haber aprobado esta materia ha traído consigo una gran responsabilidad: ya me han habilitado para predicar. De hecho, en este periodo ya tuve la bendición de predicar el primer sermón en la iglesia del Licey. Un aspecto fundamental de este proceso es el rigor doctrinal; cada uno de mis sermones es minuciosamente revisado, corregido y orientado por los pastores antes de ser predicado, asegurando así que mantengamos la teología luterana confesional de manera pura.

Con la orientación del seminario, pude comenzar a crear mis propios devocionales para las visitas que todas las semanas hacemos. La vida litúrgica y educativa ha sido muy activa. Me ha tocado el honor de servir como crucífero, acompañar a los pastores en los Maitines y dar clases de formación cristiana a los niños en el colegio de Licey. Tuve también la oportunidad de servir como creador y director de un Teatro de Sombras, trabajando codo a codo con mis compañeros seminaristas. Todo este conocimiento, llevado a la aplicación práctica en las jornadas evangelísticas, en las distintas comunidades y en el día a día del seminario, me confirma el llamado. Ha sido un año duro, sí, pero infinitamente gratificante. Dios nos ha ayudado a superar cada obstáculo. Sigo encomendándome a sus oraciones, hermanos en Chile. Queda la mitad del camino, y confío plenamente en que el Señor de la mies seguirá perfeccionando la obra que comenzó, preparándome para servir fielmente a Su iglesia.

Francisco Orosteguí

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