DOMINGO DE RAMOS EN VILLA INDEPENDENCIA
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21:9)
Nos acercamos al Domingo de Ramos, jornada en que la Iglesia confiesa la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén. No fue un desfile para recibir honores terrenales, sino el inicio del camino hacia la cruz, donde el Rey humilde entregaría su vida por la redención de los pecadores arrepentidos.
Como cada jueves, nuestros adultos mayores de Villa Independencia se reunieron en su acostumbrada actividad comunitaria. En esta ocasión, además de fraternizar, escucharon la Palabra de Dios proclamada por el reverendo Kevin Orihuela. Y con alegría y devoción también, confeccionamos cruces con hojas de palmera y armamos pequeños ramos de palmas y olivo, símbolos que nos recuerdan aquel día en que el pueblo clamaba “Hosanna” al Mesías prometido.
Leímos juntos el Evangelio según San Mateo 21:1-10, meditando en la importancia de la venida de nuestro Salvador. Él entró en Jerusalén para cumplir las Escrituras, y hoy sigue viniendo a nosotros no en figura simbólica, sino realmente mediante los santos sacramentos, que son su obra y su don para la Iglesia.
En el Santo Bautismo, Cristo nos une a su muerte y resurrección, nos lava de nuestros pecados y nos hace hijos amados de Dios. Allí recibimos el perdón completo, la vida nueva y la salvación eterna, algo que no es mérito nuestro, sino por la promesa fiel de nuestro Señor.
En la Santa Cena, el mismo Cristo nos entrega su verdadero cuerpo y sangre bajo el pan y el vino, para el perdón de los pecados, el fortalecimiento de la fe y la certeza de la vida eterna. No es un mero recuerdo, sino la presencia real del Crucificado y Resucitado que viene a nosotros con su gracia.
Ambos sacramentos son los medios por los cuales el Señor sigue entrando en nuestras vidas, trayendo lo que Él conquistó en la cruz: perdón, vida y salvación. En ellos se cumple la promesa del Evangelio: el Rey humilde que entró en Jerusalén continúa viniendo a su pueblo, no para condenar, sino para salvar.
Sin omitir que Cristo no vino solo para aquellos que escucharemos gritar el viernes santo “¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!”, sino también para nosotros, que tantas veces lo negamos en pensamiento, palabras, y obras. Sin embargo, en su infinita misericordia, Él se acerca a su pueblo, nos cubre con su gracia y nos asegura que, por medio de la cruz, somos reconciliados con el Padre.
Así, el Domingo de Ramos no es solo memoria de un hecho histórico, sino confesión viva de fe: el Rey humilde que entró en Jerusalén sigue entrando hoy en nuestras vidas, trayendo paz, perdón y esperanza. Con los ramos en nuestras manos y la Palabra en nuestros corazones, proclamamos con la Iglesia de todos los tiempos:
“Hosanna al Hijo de David, nuestro Salvador y Redentor.”
Posdata: les dejó algunas de las fotos que fueron tomada de la actividad.





