Cuando me convertí en luterano, una de las pocas cosas de mi nueva iglesia que no me agradaban del todo era la oración de la mesa que todos en mi congregación decían antes de comer:


“Ven, Señor Jesús, sé nuestro invitado,
Y bendice estos dones que Tú nos has dado. Amén.”


Esto me parecía una oración cliché2, sin sentido, como "niñito Jesús que naciste en Belén". Claro, no tiene nada de malo, pero suenan como frases que se repiten sin sentido. Por este motivo, siempre preferí por mucho la oración de la mesa del Catecismo por su fuerte fundamento bíblico del Salmo 145:15-16: "Los ojos de todos esperan en ti, Y tú les das su comida a su tiempo. Abres tu mano, Y colmas de bendición a todo ser viviente” (RV60).
Pero, a decir verdad, mi poca apreciación por esta oración de bendición de los alimentos se debía a que conocía muy poco sobre la profundidad de su significado y por qué a los luteranos les encanta. Resulta que esta oración también tiene un fuerte fundamento bíblico. “Ven, Señor Jesús” es la última oración en la Biblia (Apocalipsis 22:20). Además, es prácticamente la última palabra de la Biblia, que aparece junto al último versículo de Apocalipsis, justo antes de la bendición final y del "Amén" final. La Sagrada Escritura finaliza con una oración para que Jesús regrese.

 

1 El Dr. Gene Edward Veith es autor de más de 20 libros sobre diferentes facetas del cristianismo y la cultura, incluido, más recientemente, Authentic Christianity (CPH), con A. Trevor Sutton. Profesor de inglés jubilado y administrador universitario, también dirige el Instituto Cranach en el Seminario Teológico Concordia, Fort Wayne, y escribe blogs regularmente en patheos.com/blogs/geneveith. 2 El término cliché se refiere a una frase, expresión, acción o idea que ha sido usada en exceso, hasta el punto en que pierde novedad, especialmente si en un principio fue considerada notoriamente poderosa o innovadora.

Por esta razón la iglesia ora por el regreso del Señor hasta que finalmente suceda. Pero también es una oración para que Jesús venga en el Evangelio. Unos pocos versículos antes, el Libro de Apocalipsis revela que esta es la palabra del Espíritu Santo, la palabra de la iglesia como la Esposa de Cristo, la palabra de aquellos que escuchan esta Palabra de Dios - es decir, nosotros - y de todo aquel “que tiene sed” y que necesita de la gracia: “El Espíritu y la Esposa dicen: -Ven-. Y el que oye, diga: -Ven-. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17 RV60).


Esta oración de bendición de los alimentos le pide a Jesús que entre en un contexto humilde, allí donde la familia se reúne para comer. "Se nuestro invitado", dice, -únete a nosotros-. -Te damos la bienvenida a nuestro hogar y a nuestra mesa-. Así, reconocemos que Dios es quien provee nuestro pan de cada día por medio de los agricultores y panaderos, pero también a través de aquellos que ganaron el pan con su trabajo y de las manos que preparan nuestra comida. Así, Dios está presente en medio de nosotros cuando nos sentamos a la mesa con nuestra familia para disfrutar de una buena comida.


El artista alemán del siglo XIX, Fritz von Uhde, un luterano devoto, retrató esta oración en una pintura. En ella muestra a una familia campesina humilde sentada alrededor de una mesa y luego entra Jesús. Todos se ponen de pie para saludarlo, con reverencias y miradas tímidas, como su invitado de honor. Jesús, el Señor del universo, ha venido a esta humilde familia para estar con ellos.


Cuando invocamos el nombre de Jesús, como lo hacemos en esta oración, Él realmente está presente con nosotros, conforme a su promesa de que donde dos o tres están reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos (Mateo 18:20).
Esta oración también reconoce que nuestra comida y sustento son "dones", regalos de Dios. Como lo aprendimos en el Catecismo, todo lo que tiene que ver con el sustento y las necesidades del cuerpo proviene de Dios, quién diaria y abundantemente nos provee de todo lo que necesitamos para vivir, por su gran misericordia (Primer Artículo del Credo).
El concepto de "don" es sumamente importante para el luteranismo. Nuestra salvación no es una cuestión de “recompensa” o “retribución”, como si recibiéramos una compensación por nuestro trabajo (Romanos 4:4). De hecho, nuestro trabajo simplemente nos ha ganado la muerte: "Porque la paga del pecado es muerte", dice San Pablo, "pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23). La salvación no es obra nuestra, sino el don de la gracia de Dios. Así lo afirma el apóstol: “Porque por gracia son salvos mediante la fe. Y esto no es obra de ustedes; sino don de Dios” (Efesios 2:8).


Lo que es cierto en el reino espiritual de Dios también lo es en su reino terrenal. Nuestra vida es un don que proviene de Él. Nuestras vocaciones en el hogar, el lugar de trabajo, la sociedad y la iglesia son dones de su mano. Por lo tanto, nuestro cónyuge, nuestros hijos y los demás miembros de nuestra familia son regalos que recibimos de Él. Y la comida que estamos a punto de comer, después de orar, también es un don, un regalo para nosotros.
Con esta oración también confesamos que Dios ha oído y cumplido con nuestra petición: “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Padrenuestro, Cuarta Petición). Oramos también para que Dios bendiga estos dones de su gracia, y que Él nos bendiga a nosotros, así todo será para nuestro bien. Además, oramos así porque donde está la Palabra de Dios, está Jesús, y donde está Jesús, el mal no puede coexistir. Su presencia santifica nuestra comida y bendice nuestras vidas, así como bendijo la vida de los discípulos de Emaús, siendo su invitado y partiendo el pan con ellos (Lucas 24:29-32).


Que esta oración nos ayude a reflexionar sobre la presencia de Cristo incluso en los momentos más cotidianos de nuestras vidas y cuan amoroso es el Señor, que está con nosotros incluso en algo tan simple como comer. Porque para siempre es su misericordia. Amén.


Por el Dr. Gene Edward Veith

Traducido y adaptado de The Lutheran Witness – Jan 7, 2021 | witness.lcms.org “Come, Lord Jesus”, por Pablo González, vicario en la Congregación “La cruz de Cristo”, La Florida, Santiago de Chile. EPIFANÍA MMXXI